01.16.08

La hora de las mujeres

Publicado en Actualidad, General a 8:45 am por ascanio

Tiempos peligrosos para las mujeres

La denuncia por prácticas de aborto ilegal nos devuelve a tiempos oscuros en los que el Estado se etía en tu casa y escrutaba tus pensamientos, tus inclinaciones sexuales y afectivas y obligaba a las mujeres, bajo sanción penal, a una maternidad no querida.

Tras estos años de avances democráticos, la gravedad de esta persecución penal pone a la luz dos cuestiones preocupantes: por un lado la beligerancia de la Iglesia en el tema del aborto y la obsolescencia de la ley del aborto de 1985. Y también, la tibia respuesta de los sectores progresistas y el feminismo.

En primer lugar, la situación personal de las 25 mujeres citadas constituye por sí misma un hecho de la máxima gravedad, además de poner de manifiesto que la amenaza se cierne sobre todas las mujeres que han acudido o que puedan acudir en un futuro a estas clínicas.

Lo primero y más urgente es mostrar nuestro apoyo y solidaridad con las afectadas. Y reclamar a los partidos progresistas y a este Gobierno una solución a este conflicto y no posponerlo a futuros debates. Una apuesta inequívoca por la dignidad y la igualdad de las mujeres exige que la regulación del aborto opte por el sistema de plazos, pues asegura un ámbito a la libre e íntima decisión de la mujer, al resguardo de intromisiones de los poderes del Estado.

La ley del aborto de 1985 resultaba ya timorata para las reivindicaciones del feminismo del momento; esta regulación no sólo es inadecuada e insuficiente, sino que deja abierta una vía para que sectores integristas religiosos (o maridos, compañeros desairados) puedan mantener en jaque a las mujeres.

El sistema de indicaciones seguido sitúa a las mujeres en una posición de falta de autonomía y de clara inferioridad, no compatible con el principio de dignidad, pues la decisión sobre su maternidad queda totalmente fuera de su ámbito exclusivo de decisión. Este mecanismo de reconocimiento de la superioridad moral de los otros, y por tanto de la aceptación del mal comportamiento, guarda muchas similitudes con los procesos de caza de brujas que no corresponde con una sociedad de hombres y mujeres libres.

Dolores Cid. 16-01-2008
Bueno. Ya habéis leido una de las visiones que encarna este problema. Ahí va la otra cara de la polémica. Comparadlas. Sacad vuestras propias conclusiones. Quién es más claro, quién más respetuoso, quién ofrece razones más eficaces (si es que los son en cualquiera de los casos), quién os parece menos demagogo. Hablamos de ello el miércoles.

Pocas y viejas

Pocas y viejas

En la figura retórica denominada reticencia o aposiopesis, dejamos incompleta una frase dando, sin embargo, a entender lo que se calla. Josep Miró i Ard_vol, presidente de E-Cristians, acaba de hacer uso de esta figura al referirse a las asistentes a las recientes concentraciones proabortistas como «pocas y viejas», que es como referirse a las participantes en un certamen de Miss Universo como «muchas y jóvenes», escamoteando el epíteto de macizas, que las califica más certeramente. Uno contempla las fotos de estas concentraciones y es como si lo sumergieran de repente en un tanque de bromuro. No negaremos, sin embargo, que tales fotos poseen una innegable fuerza persuasiva: tal vez las manifestantes no logren que nos adhiramos a sus proclamas abortistas; pero, desde luego, sus visajes y alaridos constituyen una exhortación eficacísima a la continencia y un anafrodisíaco infalible.

Los pintores de alegorías retrataban a la Fealdad solitaria y decrépita. Así, al describir como «pocas y viejas» a las proabortistas, Miró i Ard_vol traza un retrato alegórico que nos obliga a meditar sobre la fealdad moral de las tesis que defienden, pues de la otra ya dejan constancia las fotografías. ¿Qué reclaman estas proabortistas? Aparentemente, la «libre elección» de la mujer; pero esto es, precisamente, lo que reclamamos quienes somos contrarios al aborto. Queremos, en efecto, que las mujeres tengan de verdad la posibilidad de elegir con libertad verdadera, sin ser arrolladas por circunstancias hostiles o por ideologías funestas que consideran la maternidad un oprobio; queremos que el estado de necesidad no empuje a abortar a las mujeres; queremos que sean atendidas en su tribulación y sostenidas con ayudas y asistencias concretas, para que la vida que se gesta en sus vientres no se convierta en una carga.

No es, pues, una elección no coaccionada lo que se reclama en estas concentraciones, sino un presunto «derecho» a disponer de otras vidas, considerando que el feto es una especie de tumor en el vientre de la mujer. Se trata de la misma idea que guiaba a los adoradores de Moloch, el dios demoníaco de los cartagineses, cuyo apetito trataban de saciar arrojando a sus hijos a un horno. La misma idea que el Marqués de Sade -verdadero inspirador de la ideología abortista, según nos recuerda Antonio Socci en su vibrante ensayo El genocidio censurado- expone descarnadamente a través de uno de sus personajes en La filosofía en el tocador: «Somos siempre las dueñas de lo que llevamos en el seno, y no hacemos más mal destruyendo esta especie de materia que purgándonos de otra con medicamentos cuando tenemos necesidad. (…) Los imbéciles que creían en Dios (…) debieron seguramente considerar un delito capital la destrucción de esta pequeña criatura, porque, según ellos, en ese momento ella no pertenecía ya a los hombres. Pero desde que las luces de la filosofía disiparon todas esas imposturas, desde que la quimera divina ha sido puesta a nuestros pies, desde que, mejor instruidos sobre las leyes y los secretos de la física, hemos desarrollado el principio de la generación y comprendido que ese proceso natural no ofrece a nuestros ojos nada más extraño que la germinación de un grano de trigo (…), hemos comprendido que una criatura más o menos sobre la tierra no comporta una gran diferencia y que nosotros nos convertimos, en una palabra, en dueños de ese trozo de carne, por animado que esté, no de forma distinta a como lo somos de las uñas que cortamos de nuestros dedos, de las excrecencias de carne que extirpamos de nuestro cuerpo o de los productos de la digestión que evacuamos de nuestras vísceras. (…) Hace falta ser imbéciles para encontrar el mal en una acción tan indiferente».

Esta «acción tan indiferente» es lo que se defiende en esas concentraciones: el aborto como purga laxante y salutífera. Pero este grado de indiferencia sádica no sería inteligible si no hubiese detrás un culto demoníaco a Moloch que aspira a destruir lo que en el hombre hay de intrínsecamente humano. No sé si los adoradores de Moloch son pocos y viejos; pero los anima, desde luego, una arrebatada fealdad moral. Y contra la fealdad de Cartago acaban triunfando siempre las águilas de Roma, cuando ya parece que la batalla está perdida.

Juan Manuel de Prada